Siempre me han dicho que soy una chica sonriente que esparce alegría en dónde esté. Me hace feliz escuchar eso, porque es lindo que la gente piense eso de ti. Pero también reflexiono, porque esas personas realmente no saben lo que sucede dentro de mi cabeza. No saben que hay días en los que deseo no estar viva, no saben que una noche traté de quitarme la vida, no saben que a veces me siento tan desdichada que deseo no estar sintiendo nada y no lo sabe nadie porque la gente se asusta. Creen que sos una suicida, una persona en un estado mental grave. Y tal vez sí, o tal vez soy solo una persona que nunca tuvo que haber nacido porque para mí desde el comienzo todo ha sido muy difícil.
Es un 28 de marzo de 2022 y estoy en mi cama acostada escribiendo esta historia. Ha pasado una semana desde que enfrenté la emoción más fuerte que he sentido: el estrés postraumático. Pensé que después de casi más de 6 años de haber sido diagnosticada con depresión y ansiedad, mi caminar por la salud mental iba a ser más fácil de sobrellevar, pero no. He recibido muchas terapias —psicológicas y psiquiátricas— he leído libros de autoayuda, espiritualidad y autoconocimiento, escuchado podcasts, pero al final creo que la raíz de mi dolor aún sigue abierta, aunque muy escondida.
Siempre ha habido algo en cada etapa de mi vida que me ha robado la dicha de sentir verdadera felicidad, verdadero gozo. De pequeña era el sentimiento de no sentirme bonita, como las demás niñas, la falta de tener un papá presente y el dinero limitado que entraba en los bolsillos de mi mamá. Los años transcurrieron y creo que todo estuvo bien por un momento.
Nací en El Salvador el 3 de enero de 1998 y cuando tenía 9 años nos mudamos a Guatemala, ya que mi papá es guatemalteco. Al mudarnos mi mamá y papá estaban juntos, conocí a mis hermanos y hermana por parte de papá y la vida comenzó a cambiar rápidamente, más y más gente que no conocía entraba a mi vida. Intento recordar algo importante que haya pasado durante esta época, pero no recuerdo nada. Los años pre adolescentes estaban cargados de amor por Justin Bieber y todo el mundo del pop. Fue hasta los 14 años cuando comencé a cambiar mi forma de pensar y mis gustos.
Empecé a salir a discotecas desde temprana edad y con ello se despertó mi gusto por la bebida, vicio que ha estado presente fuertemente en mi familia. Poco a poco fui envolviéndome en esta etapa de adolescente rebelde que busca salir de fiesta, beber, fumar y hacer todo lo que los jóvenes hacen. Fue así como fui perdiendo mi identidad, dejé que mucho de lo que dictaba la sociedad y lo material definiera quién soy. Lo curioso es que yo sentía que en el fondo no me hacía feliz, pero tampoco consideraba necesario acudir a un psicólogo, en primer lugar, porque nunca antes había ido con uno y sinceramente no sabía qué hacían, sentía tan lejano el hecho de consultar a un terapeuta. En 2015 llegó el año de mi graduación y yo no tenía nada claro qué estudiar en la universidad, no me conocía y por lo mismo no sabía a qué dedicarme el resto de mi vida. Luego de pensar mucho elegí la cocina profesional como carrera, entonces me asigné en una academia culinaria de Guatemala y solamente recuerdo sentirme exhausta cada día.
Entre tanta soledad y disgusto por mi vida descargué Tinder y conocí a un estadounidense. Mi primer gran amor (o eso pensaba). Todo fue muy rápido desde el inicio. La impulsividad, el poco criterio y la baja autoestima me hicieron presa de una relación tóxica. Las drogas estuvieron involucradas desde el principio y según los tres psicólogos que me han atendido las drogas tuvieron mucho que ver en mi declive mental. La sombra al acecho de la depresión despertó y tocó mi hombro, fue así como todo el color, la vida y la felicidad fue apagándose. La depresión ocupó cada parte de mi cuerpo y me dejó agotada, sin ganas de nada. Me sentía una hormiga pequeña dentro de un gran campo de arena, diminuta, insignificante y triste. Lloraba, derramaba tristeza y lo peor de todo es que no sabía qué hacer, nada de lo que hacía me ayudada, ni siquiera rezar y buscar a Dios. Estaba muerta en vida. Sentía que no tenía salida. Fue en un momento de claridad que decidí terminar esa relación aunque solo el pensamiento de quedarme sola me aterrorizaba. Ahora que no estaba con mi exnovio me sentía sola, sin estudios, trabajo y sin ningún propósito. Tuve la oportunidad de regresar a la universidad, pero no sabía qué estudiar. Recordé que al inicio de la búsqueda de carreras universitarias me interesaba la comunicación y decidí estudiar periodismo.
El primer semestre fue sumamente duro, porque enfrentaba un episodio de depresión y ansiedad, mientras trataba de concentrarme en los estudios. Me costaba el doble entender las clases, no participaba activamente en las aulas y no sentía que fuera una estudiante “normal”. En mayo de 2017 tuve mi primer ataque de pánico y le supliqué a mi mamá que buscáramos ayuda psicológica, que de otra forma me iba a volver loca.
Luego de algunas citas con la psicóloga se determinó que necesitaba ser internada en un hospital psiquiátrico por un mes. Fue duro, el pensamiento que cruzaba mi mente era
Mejoré relativamente al terminar mi internamiento psiquiátrico. Durante mi estadía recibía terapias con psicólogos y con un psiquiatra y al mismo tiempo estaba siendo medicada con Altruline y Risperidona. Solo el mes en ese hospital costó alrededor de Q36 mil quetzales.
El tiempo pasó y todo mejoró por un tiempo. Fue al inicio de la pandemia cuando volví a recaer. La pandemia nos afectó a todos, de formas diferentes, pero nos afectó. Para mí la ansiedad se disparó y las emociones no sanadas y las heridas de la infancia salieron a relucir y fue así como en una pelea con mi hermano me corté la muñeca con una gillette. La sangre corría y mis lágrimas también. Le grité a mi mamá lo que había hecho, llamó a mi papá y corrimos a emergencias. Ese día recibí 9 puntos. Esa cicatriz hasta el día de hoy sigue siendo visible y ocultada por un tatuaje de flores. Desde entonces mi camino por la salud mental no ha sido fácil. Ha pasado por mucha vulnerabilidad, incomodidad, y ha costado mucho dinero. Las terapias no son baratas. He recibido terapia con tres psicólogos diferentes, los dos primeros cobraban Q600 cada cita, y la última Q350, ese precio es porque considera la situación económica de sus pacientes durante la pandemia del covid-19 y porque las sesiones son en línea.
Mi camino por la depresión, la ansiedad, el estrés postraumático y en general, la salud mental no ha sido fácil. He tenido que superar el miedo de decir que voy con una psicóloga por el temor de que me llamen “loca”, prejuicios que hasta yo misma repito en mi cabeza cuando algo relacionado a ello me pasa. Lo que muchos olvidan es que, así como una enfermedad respiratoria, gastrointestinal o neurológica, los problemas psicológicos son igual de importantes y válidos y no deben contener una gota de prejuicio. Ya que, si la mente no está bien, nada en uno está bien y no funciona como debería.
El trabajo para mejorarse a uno mismo, mental, emocional y corporalmente es difícil, sumamente demandante, pero esencial. Si yo no hubiera recibido atención psicológica y psiquiátrica no estaría aquí escribiendo esto. Sin embargo, recibir este tipo de ayuda tampoco significa que hasta el día de hoy no batallo con mi mente, con la ansiedad y pensamientos suicidas, quisiera decir que ya no es un problema, pero sí lo es. Así como yo hay miles de personas en Guatemala que batallan con estos y muchos más problemas diariamente y la mayoría de las personas no reciben ayuda de parte de sus familias y del gobierno. ¿Cómo vive esta gente? Más bien ¿Cómo sobrevive?